Una cultura reformista para el Chile del siglo XXI

Una candidatura reformista debe ofrecer un proyecto de transformación y cambio que enfrente los problemas de las grandes mayorías, sostiene este documento, elaborado como plataforma política para la candidatura de Sebastián Sichel, del cual ofrecemos un extracto.

Existen muchas y muy diversas causas para explicar el ‘malestar’ que afecta a Chile, y todavía está por verse cuáles serán las utilizadas por los historiadores del futuro cuando ensayen explicaciones relativamente racionales y convincentes de lo que estamos viviendo. Hay, sin embargo, dos cuestiones que todo análisis sobre la materia debería considerar: en primer lugar, que lo sucedido en el país hace ya casi dos años cambió estructuralmente nuestra convivencia política. Chile no será —no puede ser— igual a como era —o creíamos que era— hasta octubre de 2019, por lo que toda pretensión de retroceder el reloj al 17 de ese mes será un ejercicio infructuoso. […] La pregunta que debemos hacernos, y esta es la segunda cuestión, es si acaso debería[mos] seguir el inexorable camino de la refundación. O, para ponerlo en términos más simples, ¿hasta dónde es conveniente no sólo cambiar el ‘modelo’, sino también cada uno de sus elementos constitutivos, como la economía social de mercado, el sistema presidencial, la bicameralidad y un largo etcétera? ¿Debemos renegar de nuestro pasado, instituciones y formas de relacionarnos? En este documento se plantea la siguiente hipótesis: concordando que el país no volverá a ser el mismo; aceptando las reflexiones más pesimistas surgidas al calor del llamado ‘estallido social’ y que tienden a ser más inculpatorias que explicativas; reconociendo que el Chile del siglo XXI debe ser la consecución de un gran y profundo remezón, sostenemos que la canalización de la crisis será más efectiva y perdurable si consideramos el aprendizaje acumulado a lo largo de nuestra historia republicana, en especial el objetivo reformista, más que revolucionario, de sus protagonistas. […] Una hipótesis complementaria plantea que el reformismo del siglo XXI debe abarcar distintas tradiciones si es que pretende influir en la toma de decisiones y perdurar en el tiempo. Conservadores, liberales, socialcristianos y comunitaristas están llamados a confluir en un proyecto que no se oponga a los cambios, sino que busque llevarlos a cabo de forma gradual y siempre dentro de la institucionalidad conocida. Dichas escuelas de pensamiento descreen de la ingeniería social, es decir, de la supuesta capacidad de los Estados o gobiernos de construir un modelo de sociedad de arriba hacia abajo y en nombre del ‘bien común’. En ese sentido, prefieren la moderación y la participación de la sociedad civil en la generación de políticas públicas de largo alcance, conscientes como son de la imposibilidad de caracterizar bajo un concepto unívoco y monolítico una sociedad compleja y heterogénea como la chilena. […]

¿Cómo llegamos hasta acá?

[…] La crisis social chilena es, en buena medida, una crisis económica e institucional de las unidades domésticas de clase media. Ellas se encuentran sobrecargadas de funciones y expectativas, a la vez que desprovistas de los apoyos básicos para sostener dichas cargas. La clase media chilena es demasiado rica para lo que ofrece el Estado y demasiado pobre para lo que ofrece el mercado. Esto significa que sus integrantes entran de manera desventajosa en todos los subsistemas sociales: no disfrutan ni de los mecanismos estabilizadores de la pobreza ni de aquellos de la riqueza. La creciente deuda es el reflejo económico de dicha integración deficiente. […] Fue este tipo de problemas sociales que la dirigencia política no quiso o no pudo abordar política ni intelectualmente, consecuencia de lo cual fueron las fuertes movilizaciones en 2011 y luego en octubre de 2019. Más allá de las diferencias respecto del diagnóstico de sus líderes y de sus excesos retóricos, las movilizaciones encontraron eco en la ciudadanía y se expresaron sin piedad ante un sistema que no supo descifrar el descontento que se escondía detrás de estos movimientos. Las causas de las movilizaciones son múltiples y muchas veces disímiles entre sí. Con todo, en la mayoría se repite un factor que las aglutina: las carencias materiales que día a día enfrentan millones de chilenos, y que se ven reflejadas en el endeudamiento, los precios de los medicamentos, las alzas del transporte público y la inflación subterránea. […] ¿Cómo buscar un camino de salida? Lo primero es entender el ejercicio político de otro modo. No como un medio para enaltecer al soberano, sino como una herramienta terapéutica. La política como curación del cuerpo social. No como una estrategia de administración de pasiones voraces, sino como una empresa que busque su moderación. […] Lo segundo es preguntarse dónde fallaron las dos grandes coaliciones que nos gobernaron desde el retorno de la democracia. En su último gobierno, Michelle Bachelet recogió acríticamente la agenda de los movimientos sociales y quiso darles forma política, particularmente en educación, sin advertir que los voceros de los movimientos sociales no representaban necesariamente el sentir de la ciudadanía, la que muchas veces apoyó las protestas más como reacción a ciertos descontentos que por coincidir en las propuestas específicas del movimiento estudiantil. […] Ahora bien, la obsesión de algunos sectores de derecha en cuanto a que el crecimiento económico soluciona las deficiencias e injusticias del modelo es sesgada y simplista. Los empresarios y tecnócratas que reniegan de la política han olvidado los dos principios fundamentales de un capitalismo en forma y dinámico: la inexistencia de privilegios y la competencia leal. Si la colusión es un mecanismo monopólico en el cual se refugian unos pocos privilegiados, el pago a 60 días es, a su vez, un abuso flagrante que cometen los grandes contra los pequeños y medianos. En ello no hay nada que nos recuerde a Adam Smith; muy por el contrario, hay un capitalismo irresponsable y anticompetitivo, que se parapeta en un discurso anti-estatal por considerar que cualquier tipo de regulación va en contra del crecimiento económico. […] Por lo visto hasta aquí, se podría concluir que la clase política ‘binominal’ no fue suficientemente abierta y reflexiva a la hora de reformar el sistema que tanto defendió desde 1990. Abundó más la inercia que la iniciativa y la acción, resultado de lo cual fue un modelo que, aun cuando generó prosperidad y avances significativos en la reducción de la pobreza, no logró resguardar de buena forma a grandes sectores de la población. […] Esta ausencia de reformas oportunas ha generado, en resumen, un nivel de presión que cada vez se vuelve más difícil de someter a un ritmo de cambio equilibrado. Tal como el shock de la migración campo-ciudad a comienzos de la segunda mitad del siglo XX reventó la máquina institucional, la transición masiva de la pobreza a la clase media amenaza con reventar nuestro aparato administrativo.

Orígenes del reformismo

Hay distintas razones históricas y de contingencia política que explican por qué hoy es un buen momento para que conservadores, liberales, socialcristianos y comunitaristas busquen construir un proyecto mayoritario de futuro. Muchas veces rivales a lo largo de la historia, tienen ahora la oportunidad de dejar sus diferencias de lado y abocarse a la preparación de un programa político, social, económico y cultural que vaya más allá de la división taxativa entre derechas e izquierdas. Con el ánimo de ordenar el debate, vale la pena preguntarse por los elementos que podrían unir a dichas tradiciones. Sobresale aquí un concepto muchas veces utilizado pero pocas veces definido de manera cabal: el de ‘reforma’. Un término que en las últimas décadas no ha gozado de buena salud entre los chilenos, para quienes la ‘reforma’ (y sus sucedáneos) ha terminado significando todo lo malo de la política local: la ‘cocina’, la ‘transaca’, los ‘no-cambios’. A resultas de lo anterior, se ha perdido de vista la historia del reformismo chileno y sus distintos cultores, así como los objetivos de un tipo de visión de mundo que, precisamente por ser reformista, no es ni ‘refundacional’ ni ‘reaccionario’. El reformismo tiene una larga trayectoria en el Chile republicano. De hecho, las épocas en que nuestro país más ha prosperado han estado marcadas por políticas reformistas que han posibilitado períodos de desarrollo y progreso. Al contrario, cuando se han intentado transformaciones refundacionales, han sobrevenido fuertes confrontaciones políticas y divisiones en la sociedad que han terminado en rupturas institucionales e incluso guerras civiles. El reformismo chileno se sustenta en la voluntad de llevar adelante transformaciones, incluso estructurales, a través de la institucionalidad democrática, procurando acuerdos y con la gradualidad que imponen la realidad y las circunstancias. Dicha postura descree a su vez de las certezas plenas y los modelos que todo lo explican. Por eso privilegia el cambio gradual, el aprendizaje paulatino, el prudente ensayo y error. […] Resaltan, en definitiva, tres elementos cuando se estudia el reformismo en clave histórica: en primer lugar, la convicción de que el cambio gradual y constante en sociedades complejas no sólo es inevitable, sino también conveniente. […] El reformista se distancia tanto del maximalista que cada cierto tiempo comparece ante la necesidad de refundar el sistema político-económico a través de posturas revolucionarias, como del inmovilista reaccionario que, por temor a lo desconocido, opta por aferrarse al statu quo. En segundo lugar, la cultura reformista desconfía de las planificaciones globales y la ingeniería social, demostrando con ello una inclinación que es conservadora y liberal al mismo tiempo. Conservadora, ya que se opone a la demolición de las instituciones conocidas o tradicionales por el mero hecho de que un grupo o facción política así lo estipule. Liberal, pues al oponerse al estatismo desmedido, promueve la libertad individual y la limitación del poder. Ahora bien, y este es el tercer elemento, el reformista deposita en la ‘libertad negativa’ y en la ‘libertad positiva’ una confianza similar, a sabiendas de que el individuo vive en comunidad y le entrega al Estado parte de su libertad con el objeto de contar con instituciones públicas legítimas y perdurables en el tiempo. En ese sentido, libertad y justicia no son polos opuestos, a diferencia de lo que sostendrían diversos libertarios. Por el contrario, ambas se complementan y se enriquecen mutuamente. Mientras más justicia exista en una sociedad determinada, más libre serán sus componentes para desarrollar sus respectivas formas de vida. […]

Una cultura reformista

[…] Una candidatura reformista debe [ofrecer] un proyecto de transformación y cambio que enfrente los problemas de las grandes mayorías. Aunque estos tienen múltiples aristas y abarcan diversas dimensiones, podríamos resumirlos en un eje central: las personas en Chile experimentan un malestar que se expresa fundamentalmente en una inseguridad respecto al funcionamiento de la vida, marcada por la fragilidad y la incertidumbre. Frente a todo el esfuerzo que ha permitido mejorar las condiciones presentes respecto de las generaciones anteriores, las personas sienten que no cuentan con apoyos de ningún tipo para asegurar todo lo que se ha conseguido. Y que las instancias ofrecidas por el Estado (y no mediadas por la capacidad de pago) sólo perpetúan o profundizan esa situación de precariedad. A esa experiencia es que debemos apuntar conservadores, liberales, socialcristianos y comunitaristas: ofrecer una agenda reformista orientada a entregar mayor seguridad a las personas para poder llevar a cabo sus propios proyectos de vida. Que las instituciones sean espacio de certeza y buen trato, y que las políticas públicas consideren a las personas en las decisiones que las involucran directamente. […] En cuanto al horizonte de las reformas, se requerirá realismo político y tiempo. Hay requisitos materiales y políticos que deben ser tomados en cuenta. En particular, que deberemos responder a criterios de responsabilidad económica y de pluralismo institucional. Si la izquierda insiste en aplastar la autonomía de los cuerpos intermedios y en plantear cambios rápidos que no podemos financiar, el destino es la violencia. Lo mismo si la derecha sigue insistiendo en un Estado mínimo. ¿Cuál es el objetivo? Universalizar de a poco algunos servicios básicos, articulando la tríada Estado, mercado y sociedad civil de manera inteligente y respetuosa de sus propias lógicas. De ir creciendo en cobertura en la medida en que se va ganando experiencia y capacidad institucional. De proponernos, de aquí a 20 o 30 años, ser un país con garantías educacionales, sanitarias y laborales adecuadas a las expectativas de la nueva clase media. Y que esa promesa, que ese horizonte, aunque se avance lento hacia él, y aunque izquierdas y derechas disputen su mejor interpretación, sea tan creíble como compartido. Este objetivo es económica y políticamente exigente. Demanda desplazar el centro gravitacional del bienestar y la tranquilidad desde los segmentos acomodados de la clase alta hacia la esfera de la clase media. Con esto nos referimos a lograr que la vida de un segmento importante de la sociedad chilena no esté marcada por el miedo a caer en la pobreza, así como una disminución sustantiva del terror de los sectores acomodados a caer en la clase media. Hoy, lamentablemente, estos miedos confrontan los intereses de ambas clases: la lucha de la clase media por mejores condiciones encuentra oídos sordos en una élite sobrepoblada y polarizada internamente, atravesada por amargas luchas por la distribución de pocos cargos y posiciones de influencia, riqueza y control. En términos concretos, este proyecto reformista debería concentrarse en cuatro grandes objetivos: 1) recuperar y profundizar la democracia representativa; 2) modernizar el Estado para que esté al servicio de la ciudadanía; 3) aspirar a un desarrollo con mayor justicia territorial; y 4) potenciar el crecimiento económico, pero nunca a costa del medioambiente. […]
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