Las elecciones se tratan sobre el futuro

‘El populismo y la superioridad moral de cierta izquierda han atrapado las respuestas en el camino corto del simplismo y las verdades morales, y se han hecho dueños de esa insatisfacción…’.
Por Sebastián Sichel.

Los países viven momentos decisivos y la ruta que tomen define el futuro. Chile se encuentra justo ahí. Este 2021 se determinará si avanzamos a ser una mejor república o tomamos el camino del populismo que nos hundirá en la mediocridad. Chile ha vivido 30 años de democracia, de crecimiento económico, de superación de la pobreza y de estabilidad fundada en un acuerdo no escrito donde la gobernabilidad, el crecimiento y la equidad eran parte de la misma ecuación. Los chilenos hicimos posible ese camino basándonos en el mérito, la libertad y la solidaridad, con mucho sacrificio y esfuerzo personal. No es creíble que los últimos 30 años sucedieran como un error. Avanzamos respecto al país de los 80, y ese logro fue la sumatoria de sacrificios de todos los que lucharon por salir adelante y derrotar el pasado. Pero, con toda razón, no ha sido suficiente para muchos.

Hay malestar evidente. La mitad de los trabajadores reciben menos de $400 mil, uno de cada 10 chilenos vive en la pobreza, una de cada tres madres cría sola a sus hijos y barrios enteros viven encerrados por el narcotráfico y la violencia. La falta de diversidad en la élite acelera demandas de participación (‘hablan de cosas que no saben’), la concentración y el trato abusivo a pymes y clientes hacen sentir que el mercado no funciona; y, sobre todo, la burocracia hace cada día más mal su pega y ahoga a la clase media en regulaciones que la llevan a la informalidad, paralizan el emprendimiento y hacen sentir que el Estado no protege ni ayuda. Todavía demasiados se preguntan ¿por qué no me alcanza?, ¿por qué no me respetan?, ¿por qué no puedo ser parte?

El populismo y la superioridad moral de cierta izquierda han atrapado las respuestas en el camino corto del simplismo y las verdades morales, y se han hecho dueños de esa insatisfacción. Instalaron un diagnóstico: el problema es el modelo (‘no son 30 años, son 30 pesos’), es el mercado (‘los empresarios y el lucro son intrínsecamente malos’), o la política (‘que se vayan todos’), y plantean empezar de nuevo. Dicen que para mejorar las pensiones hay que terminar con el ahorro individual; para el gasto social, atacar cualquier fondo de seguridad disponible y para corregir los abusos, terminar con los mercados; para frenar la desigualdad, hacer crecer el Estado; y para favorecer la inclusión, aceptar la violencia. Nada de esto es cierto. Pero falta coraje para contradecirlo.

Las elecciones nunca se tratan del pasado; se tratan sobre el futuro. Esto abre un espacio para que una mayoría de centro y centroderecha lidere ese futuro. Los otros sectores viven en el pasado. Debe construir esa mayoría defendiendo lo que le es propio: que lo público no es solo lo estatal y que privados pueden proveer bienes públicos, que confía en el emprendimiento y en la innovación, que avanza en una economía sustentable, que combate la burocracia, que cree que la libertad es primordial, que prioriza a quienes más necesitan y no a quienes más gritan, que establece un sistema de seguros para la clase media, que pone el foco en la equidad del territorio, que no teme defender el orden público respetando los DD.HH., y que defiende el mercado y la actividad empresarial. Defender sin complejos la necesidad de un mejor Estado y un mejor mercado, el valor de la subsidiariedad y la solidaridad, el desafío de evitar la concentración de poder y garantizar a los ciudadanos su libertad, y demostrar que la política y el Estado son medios y no fines en sí mismos. Esta mayoría no le tiene que temer a ser pragmática para encontrar soluciones y combatir el ideologismo como enemigo de la buena política. Y tener conciencia de que a los ciudadanos no les basta con su simple esfuerzo para salir adelante.

El camino del próximo gobierno es acelerar lo no logrado. Es resolver cuatro dilemas: 1) la incapacidad del Estado para hacer bien su trabajo (regular, proteger, subsidiar y proveer), 2) la incapacidad de las instituciones para innovar (empresas y su responsabilidad social y ambiental; política y el sentido de urgencia; democracia y mecanismos de participación directa; gobiernos y descentralización del poder), 3) el divorcio entre la política y la técnica, que ha paralizado respuestas que unan al corto con el largo plazo, y 4) el retardo para hacer justicia ante el abuso o el delito de manera oportuna y hacer imperar el Estado de Derecho.

El problema es que la endogamia, el caudillismo, el exceso de partidismo o el oportunismo electoral nos lleven de nuevo a la política de los tercios o que le allanen el camino al populismo. La tarea del centro y la derecha moderna es construir mayorías que garanticen gobernabilidad y defiendan una narrativa del país que viene: crecer al centro, incorporar nuevos líderes de clase media, de regiones, independientes, que amplíen su universo electoral. Y terminar la odiosidad interna frente a todo lo nuevo: las personas o el cambio. Dejar de parecer un club. No hacerlo nos somete a un principal peligro: que el diagnóstico trágico, el fantasma del pasado y el populismo como respuesta ganen y sacrifiquen el futuro de millones de chilenos. Y nos hundan para siempre en la mediocridad. Las próximas elecciones serán sobre los siguientes 30 años de Chile. Es mucho más que un resultado electoral lo que está en juego.

Publicado en El Mercurio, 12/03/21.

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